Copio y pego la crónica de la tarde de ayer de Pureza y Emoción. Interesante y recomendable.
Hoy ha habido toros en Las Ventas. Cuando hay toros es algo que se sabe
en seguida, incluso para quien vaya a la Plaza por primera vez,
simplemente mirando el reloj que hay en el tejado sobre el tendido 6. A
las cinco y media de la tarde el señor don Julio Martínez Moreno sacaba
el pañuelo para que comenzase el festejo y a las siete y media
desfilaban los toreros camino de la puerta de caballos: en eso se nota
que hubo toros. Esto ocurre porque con los toros el matador está
deseando culminar su obra colocando la espada en el interior del bicho y
ni se le ocurre ponerse a empezar la faena tres o cuatro veces como
hacen otros cuando no hay toros, ni perder el tiempo que echan con los
no-toros en invertidos, circulares, bernardinas, manoletinas o pases
cambiados al estilo de Pedrés, ni en idas y venidas. Así tenemos que,
con toros, en ciento veinte minutos la cosa ha quedado vista para
sentencia, frente a las casi tres horas que suelen echar cuando los
bichos no meten miedo. A las pruebas me remito.
La clave está,
pues, en el miedo, la jindama, el arasnó que dicen los calés. El que
pasa el que está ahí abajo guarecido tras una tela y tras su oficio y el
que pasa el que se ha comprado una entrada y se ha ido, tan ricamente, a
los toros después de almorzar. Cuando no cabe eso de que “he disfrutado
una barbaridad” ni lo de “me he expresado a placer”, cuando nadie
piensa en la palabra “indulto” y no puedes apartar los ojos del ruedo,
es que hay toro. Luego hay gradaciones, por supuesto, que hay algunos a
los que se les nota más que a otros las ganas que tienen de coger, hay
otros que muestran (y a mucha honra) cosas de manso, otros que si les
hubiesen dado estudios habrían llegado lejos de lo listos que son y
alguno que es como aquel F. de Carabanchel Alto que era todo fachada.
Pero lo principal es que donde otros días ves aptitud cárnica, como en
los lisarnasios del Puerto de anteayer sin ir más lejos, hoy veías toro,
que a fin de cuentas es lo que uno va buscando por esas Plazas de Dios,
como Diógenes el Cínico, con el candil.
El responsable de los
toros de hoy en Madrid es don Adolfo Martín Escudero, que aquí no hay
S.L. ni S.A. En su segunda comparecencia de la temporada en la
Monumental ha traído una corrida vareada, tres y tres. Los tres que han
ido por delante con más miga y pidiendo el carnet y los tres que han ido
después algo más amigables, sin que eso quiera decir que estuviesen
dispuestos a colaborar lo más mínimo. Ninguno de los seis se dedicó a
arrastrar el hocico por la arena, afortunadamente, y su registro estuvo
más bien en la media altura. Los seis se fueron a que los transformasen
en medias canales sin haber abierto la boca en su vida pública, y su
juego fue diverso y entretenido: alguno se dolió en banderillas, otro
coceó, no brillaron de manera especial en sus luchas con los del kevlar,
un par de ellos parece que quisieran saltar al callejón y el lidiado en
tercer lugar, Rizos, número 73, cárdeno y cornipaso, provocó algunas
breves protestas en el 7 bajo así como la momentánea indignación del
Delegado de la Autoridad en dicho tendido, el popular Faustino.
Para
vérselas con los adolfos no se vinieron a Las Ventas ni Juli, ni
Morante, ni Manzanares, ni Perera, ¡quite, hombre! Se vinieron,
acompañados de sus cuadrillas, Rafaelillo, Fernando Robleño y Paco
Ureña, que se matan las camadas enteras de los toros mientras los otros
no paran de darse importancia a costa de los bovinos domésticos y
precocinados de Victoriano del Río.
Rafaelillo. La primera en la
frente. Aviador, número 41, a la primera de cambio ya le tiró un derrote
que contenía todas las ganas posibles de coger y de herir. El toro
demostró un comportamiento muy poco educado, muy poco apto para
monerías, y el torero lo macheteó con poca fortuna y menor firmeza a ver
si le rebajaba un poco los humos. Había que ver a ese tío ahí abajo,
como una chalupa en medio de la galerna en San Vicente de la Barquera
intentando llegar al malecón. Se pasa el hombre la muleta a la izquierda
y ahí le arranca un natural, una pepita de oro, cuando suspirábamos por
el lingote, tres y el de pecho. Imborrable recuerdo de Ruiz Miguel, una
vez más, que estos toros, además, tienen el poder de favorecer la
remembraza. Su segundo atendía, es un decir, por Baratillo, número 1. En
un quite Robleño nos mostró que el pitón del toro era el izquierdo y
Rafaelillo o no lo vio o no se quiso enterar, el caso es que planteó
todo su trasteo por el derecho. El toro le protestó una barbaridad y,
efectivamente, cuando se pasó la muleta a la zurda, el toro respondió de
manera más acorde a los intereses de Rafaelillo, aunque él en seguida
volvió a la derecha y no vio nada claro lo que tan bien se veía desde la
andanada. Claro es que como el que se estaba jugando la cogida era él,
tampoco es la cosa como para ponerse a echarle los perros. Las verónicas
de recibo a este toro, piernas flexionadas y remate por alto, fueron de
un extraordinario sabor añejo y lo más reseñable de la actuación del
murciano en su segundo oponente.
Fernando Robleño, torero al que
en Madrid se espera con atención, tiene algún problema con esta Plaza. A
lo mejor los días que él venga a torear hay que poner banderas
francesas para que se encuentre más a gusto, pero el caso es que da la
impresión de que en Madrid se bloquea. Partamos de nuevo de la premisa
de que viene con oponentes serios y de respeto, ninguna tontería, pero
contrasta lo que se lee de él en las Plazas del país vecino con lo que
nos viene dejando en Las Ventas. Su primero, Fogonero, número 36, pedía
el carnet, el TC1, el TC2 y las tres últimas declaraciones de la renta.
Se pegó unos parones que cortaban la respiración y embestía enterándose,
con la cara a la altura de la barriga del matador y acordándose de lo
que se dejaba atrás. Robleño lo pinchó y luego lo mandó al Valle de
Josafat con una estocada entera. Su segundo, Horquillero, número 68, era
el menos Adolfo de los seis, negro entrepelado, fue el más blando de la
corrida. Lo mejor el arrojo de Robleño en los capotazos que le dio para
parar el tsunami de Horquillero, que se había emplazado en el tercio
frente al 3 y se lanzó a la tela del madrileño, cuando fue a por él, con
una fiereza y una violencia como hace muchos años que no veíamos. Luego
el toro se fue apagando, como se dijo, y perdió las manos. El trasteo
de Robleño, de poco lucimiento, se basó en el toreo en redondo y bien es
verdad que también el toro se largaba de la suerte como que con él
aquello no iba. Lo mató de una estocada entera.
Paco Ureña
recibió a su primero, Rizos, número 73, con unas verónicas pegado a
tablas en las que cortó extraordinariamente el viaje de salida del toro,
especialmente por el derecho. A este toro le plantea Paco Ureña una
faena muy poco sólida, muy deslavazada, sin hilo conductor. Por dos
veces el toro se lo echa a los lomos, sin visibles consecuencias. La
segunda de ellas es de mérito pues se produjo cuando el torero se quedó
en el sitio, donde los toros cogen. Luego él vuelve a la cara del bicho
prefiriendo las cercanías que la media distancia, a la que el animal
había enseñado su disposición y acaba componiendo una faena de ¡ay!, en
un registro cercano a lo de López Simón, en esas cercanías tan próximas
al tremendismo y tan alejadas del toreo. Quiso matar a recibir y pinchó y
luego dejó un volapié de pésima ejecución, quedándose en la cara y
recibiendo un fuerte golpe. Ureña, que se había ido a la enfermería,
volvió antes de que saliera su segundo y prefirió hacerlo por el
callejón, como siempre han hecho los toreros, antes que atrochar
atravesando el platillo. El sexto era Murciano, como su matador, y
llevaba el número 14. El trasteo de Ureña comenzó de nuevo con los pies
del torero por los aires cuando andaba toreando por redondos. Sigue en
esa misma línea sin acabar de convencer, pero cuando se cambia la muleta
de mano y empieza a torear al natural, de frente, da la vuelta a la
tortilla de su tarde, con el simple hecho de alargar los muletazos, de
llevar al toro toreado y de buscar la rectitud y la verdad en cada uno
de sus muletazos. Dos tandas de gran cuajo son las que deja Ureña para
el recuerdo, toreo sin alharacas, pura sinceridad de toreo. Mata de
pena, de nuevo quedándose en la cara del toro y, para los de la
estadística, la cosa se queda en una vuelta al ruedo. Sin embargo, lo
grande de esta Feria de Otoño que hoy ha terminado es lo de Ureña, que
de lo del otro día ya ni nos acordamos.
Uno que tiene unos
prismáticos de muchos aumentos comentaba en la andanada que a Ureña
también le entró la llantina, que ahora los toreros a la mínima se ponen
a lagrimear como magdalenas. Cosas modernas. Hay que ir con los
tiempos, se conoce.
Madrid. Plaza de toros de Las Ventas.
Toros de Adolfo Martín para
Rafaelillo: saludos en ambos.
Fernando Robleño: silencio y silencio.
Paco Ureña: saludos y vuelta al ruedo tras aviso.